El tango de Pedro
   
 
  Sensaciones que produce el tango



Sensaciones en el tango

 

Al cruzar el vestíbulo de mi  hotel   me sorprende la música
de un tango. Así que voy hasta la rotonda y allí,
frente al bar, un pianista y un acompañante tocan Sus ojos
se cerraron
,
mientras una pareja de bailarines profesionales
baila con esa perfección sublime que sólo los argentinos son
capaces de lograr. Él es joven, apuesto, de perfil  latino, y
viste de guapo porteño,  con chaqueta estrecha, pañuelo
blanco al cuello y sombrero ladeado. Sonríe todo el tiempo,
mostrando una dentadura perfecta, resplandeciente, a lo
canalla. Ella, delgada, más interesante que atractiva, con la
falda del vestido abierta hasta el arranque del muslo,
evoluciona precisa, impecable, alrededor de esa sonrisa.

Me siento a mirarlos y pido una cerveza. En las otras mesas
hay gente: un par de turistas americanos, gringos, tipo
Arkansas, que muestran su felicidad por presenciar, al fin
un genuino espectáculo de tango; también algunos clientes
del hotel y algunas parejas, matrimonios de cierta  edad,
que parecen argentinos. Uno de esos matrimonios está
sentado cerca de mí. Él, sesentón, tiene el pelo gris, va
enchaquetado y encorbatado con mucha corrección; y ella
lleva un vestido negro, discreto, que le sienta muy bien a sus
cincuenta y tantos años muy largos. En este momento termina
la melodía y empieza otra nueva: Por una cabeza.
Y la pareja de bailarines se desenlaza; y ella por un lado y él
por otro, se acercan a mis vecinos y los sacan a la pista.
El hombre se mueve con elegancia, grave y serio, en brazos
de la bailarina. Se nota que en sus tiempos tuvo, y retuvo.
Pero lo que me llama la atención es la mujer: el bailarín se
ha quitado el sombrero chulesco y mantiene la sonrisa blanca
bajo el pelo negro, reluciente y  engominado, mientras
evoluciona  con ella por la pista,al compás del tango,con una
sincronía maravillosa.
Es la primera vez que bailan juntos en su vida, por supuesto.
Y resulta asombroso el  modo en que la señora del vestido
negro se adapta a la música y al movimiento de su
acompañante; se pega a él y oscila a un lado y otro,
manteniendo siempre una dignidad,un señorío admirable.
Consciente de eso, el bailarín se ciñe a ella, respetando su
manera de estar. Es alta, todavía hermosa de aspecto, y se
nota que fue muy guapa y que aún lo sabe ser.
Pero su atractivo proviene del modo de bailar, de la gracia
madura e insinuante con que se mueve por la pista; con que
evoluciona al compás de la música, lenta y majestuosa,
segura de sí. Desafiante sin estridencias, ni necesidad de
pregonarlo a los cuatro vientos.
He aquí, dice toda ella, una señora y una hembra.

Al fin cesa la música, y el público aplaude. Y mientras
el caballero se despide muy correcto de la bailarina y
enciende un cigarrillo, el bailarin, con su pelo engominado
y la sonrisa canalla, acompaña a la señora hasta su silla e,
inclinándose, le besa la mano. Y ella sonríe calladamente,
sin mirarnos a ninguno de los que tenemos los ojos fijos en
ella, y que en ese instante daríamos el alma por ser capaces
de bailar un tango con sus cincuenta y tantos años largos de
clase y de silencio.
Un silencio viejo y sabio, de mujer eterna.
Uno de esos silencios que poseen la clave de todo cuanto el
hombre ignora.

A. Pérez Reverte



Gauchos matreros, departiendo ideas en Matadero, Buenos Aires






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Así se corta el césped mientras dibujo el ocho,para estas filigranas yo soy como un pintor.
Ahora una corrida, una vuelta, una sentada...
¡Así se baila el tango, un tango de mi flor!

Esto es lo que dice la letra del conocido tango:
¡ASÍ SE BAILA EL TANGO
¡ASÍ SE BAILA EL TANGO
 
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Tango, Pasión de sombras
 
El tango es una pasión del sur, una música de raíces latinas, una esencia de Argentina que identifica el país ante el mundo. Sin embargo, el tango ha sabido viajar para repartir por el globo las esencias que emigrantes de tantos países fundieron en el río de la Plata.

Primero el baile, luego la música, más tarde la canción. A partir de ahí el mito, el aura, los estereotipos de pasión, sensualidad, seducción… y su imagen. A veces me pregunto ¿dónde está realmente el tango?, ¿dónde habita?.
Puede que el espíritu del tango transite por la melodía y el compás; y que se le reconozca en las letras y en la voz, desgarrada siempre, que las dice. Pero si hay que buscarle una morada, está sin duda en el baile.
Es el tango bailado, y no la música o la canción, el generador del gesto y el difusor de una supuesta - a veces real - escenografía porteña que se ha hecho inconfundible y ha sabido encontrar un lugar en la memoria visual del mundo, desde Helsinki a Taiwan, desde París a Bombay. No importa que los instrumentos cambien, ni siquiera que un erróneo compás de la música entorpezca más que ayude al baile. El gesto lo representa, lo evoca, se convierte en símbolo gracias a una rara cualidad de evocación universal que muy pocos bailes poseen.

Sin embargo… ¿qué ocurre cuando el tango se desnuda también del movimiento? Entonces, nos queda sólo la liturgia del gesto. Hay tango en la imagen que rememora boleas, ganchos y caídas, en cualquiera de los movimientos dinámicos de la danza, pero su espíritu es igualmente patente en la pose: unos dedos que acarician el sombrero, unas manos en los bolsillos, la mirada de soslayo, un cruzar de piernas… imágenes que recuerdan épocas y situaciones que han quedado cristalizadas y perennes creando un folklore con sus leyendas y sus mitos, con su vestuario y sus ritos.

Esas imágenes de compadritos haciendo sus quebradas en las calles porteñas tienen, sin embargo, una réplica femenina mucho menos documentada literariamente pero de iconografía más extensa.
Curiosamente, la inmensa mayoría de las imágenes de mujeres bailando el tango, tienen pasaporte europeo.
Europa fue otra cosa. Las cartas postales francesas de los años 10 se encargaron de dar cumplida cuenta de la moda tango. En ellas hay pasos, poses, personajes... y mujeres, mujeres que miran amablemente a la cámara mientras mantienen una estampa supuestamente tanguera.
El origen de esas imágenes, como el origen de la entronización del tango como una moda universal, es París. Son en su mayor parte clichés anónimos tras los que se adivina la retina de un hombre complaciente con la imagen de dos mujeres que acortan la distancia entre sus cuerpos tal como propicia esta danza. No se ve en ellas autoafirmación de lo femenino, más bien lisonjas y seducción hacia el hombre espectador.
Del pasado al hoy, la imagen del tango mujer con mujer ha sido un hecho aislado recreado generalmente por los directores en sus fabulaciones de celuloide. Y nuevamente hoy, ese tango tiene fundamentalmente un acento masculino y voyeur con un grado de sublimación y de erotismo que muy pocos bailes poseen.
 

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